Columna
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"Los nuevos códigos de la juventud española"
Para Sara, una estudiante de Sociología madrileña de veintidós años, la última vez que vio un telediario tradicional fue por casualidad en el salón de sus padres. "Nadie de mi entorno se sienta a las nueve de la noche a ver las noticias; nos enteramos de lo que pasa por lo que nos sale en la pantalla a lo largo del día", explica mientras desliza el dedo por el menú de su teléfono móvil. Como ella, una parte masiva de los jóvenes españoles menores de veinticinco años ha dado la espalda por completo a los medios de comunicación tradicionales y, por extensión, a las estructuras de los grandes partidos que dependen de ellos para difundir sus mensajes.
La forma de consumir información ha cambiado de raíz, ensanchando una brecha generacional que va mucho más allá de una simple diferencia de edad. Los canales analógicos y las tertulias radiofónicas o televisivas, que aún marcan la agenda de los votantes mayores de cincuenta años, resultan ajenos, lentos y excesivamente encorbatados para una generación que se ha criado en la inmediatez del vídeo corto y el contenido vertical. Hoy, la actualidad política en España se filtra a través de creadores de contenido, streamers y cuentas de TikTok o Instagram que traducen la complejidad legislativa o económica a un lenguaje directo, sin intermediarios y, sobre todo, mucho más humano y cercano.
Este cambio en el ecosistema informativo tiene un impacto directo en el comportamiento electoral. Los grandes partidos tradicionales, con sus mítines de banderas y sus discursos encorsetados, son incapaces de conectar con este nuevo público. Los jóvenes no se mueven por las viejas lealtades de siglas ni por relatos heredados de la Transición; responden a estímulos mucho más fragmentados y temáticos. Les interesan causas concretas —el cambio climático, la salud mental, el precio de la vivienda o los derechos civiles— y tienden a desconfiar de las promesas globales de los programas electorales clásicos.
Al final, la desconexión es mutua. Mientras los comités de campaña siguen diseñando estrategias pensadas para las audiencias de televisión, los nuevos votantes construyen su propio criterio político en plataformas digitales donde el ritmo lo marcan el algoritmo y la afinidad personal. El riesgo de esta fragmentación no es que la juventud esté desinformada —a menudo manejan más datos y perspectivas que las generaciones previas—, sino que la conversación pública se está rompiendo en compartimentos estancos. Dos Españas que viven en la misma calle, pero que habitan realidades informativas tan distintas que corren el riesgo de dejar de entenderse por completo.
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