"La pregunta ya no es si Marruecos podía controlar la frontera. La pregunta es por qué no lo hizo antes."
Setenta y dos mil personas. Una ciudad española atrapada en el extremo norte de África. Una frontera internacional sometida a una presión extraordinaria. Y una pregunta que Madrid y Rabat todavía tienen que responder de manera convincente: ¿cómo pudo una movilización de esta magnitud alcanzar semejante dimensión junto a uno de los dispositivos de seguridad fronteriza más experimentados del Mediterráneo antes de que llegara la contención decisiva?
Conviene empezar por una precisión. Las cifras oficiales españolas sitúan en torno a 72.000 las entradas registradas durante la crisis, mientras las autoridades marroquíes han manejado una cifra sensiblemente inferior. Miles regresaron posteriormente a Marruecos. Por tanto, 72.000 debe entenderse como la cifra comunicada por las autoridades españolas, no como una cifra cuya exactitud absoluta sea aceptada por todas las partes. Esa diferencia, lejos de cerrar el debate, constituye también un elemento que merece ser explicado.
La explicación inmediata resulta conocida. Las redes sociales hicieron circular vídeos y mensajes que alimentaron expectativas sobre la posibilidad de entrar en Ceuta. Una resolución del Tribunal Supremo español fue interpretada de manera interesada o directamente errónea. La precariedad económica, el descontento juvenil y las redes de tráfico hicieron el resto. Diversos análisis publicados durante la crisis han señalado precisamente la combinación de desinformación, redes sociales y oportunidades percibidas de entrada.
Pero esa explicación responde solamente a una pregunta: ¿por qué se movilizaron las personas? No responde a otra mucho más incómoda: ¿qué hizo el Estado marroquí mientras esa movilización se desarrollaba? Una campaña en redes puede movilizar a una multitud; no elimina la responsabilidad de las autoridades que controlan el territorio desde el que esa multitud se desplaza.
Marruecos no es un Estado sin experiencia en este terreno. Su aparato de seguridad conoce desde hace años las rutas de migración hacia Ceuta y Melilla, las redes de tráfico y los movimientos de población en el norte del país. Además, la cooperación hispano-marroquí en materia de seguridad y control migratorio es estructural, no improvisada. España y Marruecos habían venido coordinando operaciones de control y tránsito durante 2026. La relación bilateral proporciona a Rabat conocimiento, presencia y capacidad de respuesta.
Por eso, describir lo sucedido simplemente como un “fallo de control fronterizo” resulta demasiado cómodo. Un fallo es perfectamente posible. Los servicios de inteligencia pueden equivocarse. Una multitud puede crecer más deprisa de lo previsto. Los dispositivos pueden verse temporalmente sobrecargados. La celebración del Día del Trono puede haber condicionado el despliegue. Pero cada una de estas explicaciones debe contrastarse con la capacidad que el propio Estado marroquí ha demostrado en situaciones anteriores.
Hay un dato particularmente revelador: las fuerzas marroquíes sí demostraron capacidad para intervenir. Durante la crisis hubo interceptaciones marítimas y, posteriormente, un refuerzo de los dispositivos destinados a impedir nuevas entradas. Es decir, la cuestión no es si Marruecos disponía de medios para actuar. La cuestión es cuándo decidió emplearlos con la intensidad necesaria y por qué la contención decisiva no evitó que la movilización alcanzara una dimensión extraordinaria.
Aquí aparece el concepto que, a nuestro juicio, merece una investigación mucho más profunda: la “tolerancia tácita”. No significa que Marruecos organizara a los migrantes. No significa que exista una orden escrita diciendo “déjenlos pasar”. Significa una hipótesis más concreta: que las autoridades pudieron haber tenido suficiente conocimiento de la movilización, suficiente capacidad para interrumpirla y, aun así, permitieron que la presión inicial creciera mucho más allá de lo que cabría esperar de su postura preventiva habitual.
Esa hipótesis no puede sostenerse únicamente con la magnitud de la crisis. Hay que comparar. ¿Qué hicieron las autoridades marroquíes cuando aparecieron movilizaciones similares en el pasado? ¿Cuándo recibieron las primeras señales de alarma? ¿Qué unidades fueron desplegadas? ¿Qué órdenes cambiaron? ¿Cuándo llegaron los refuerzos? ¿Y por qué la capacidad de contención se hizo efectiva después de que la crisis ya hubiera producido un enorme impacto político y mediático?
El precedente de 2021 es relevante. La crisis de Ceuta de aquel año se produjo en el contexto de una grave disputa diplomática entre Madrid y Rabat relacionada con Brahim Ghali. La conducta marroquí en la frontera fue ampliamente interpretada entonces como parte del pulso diplomático. El precedente no demuestra que 2026 sea una repetición. Pero sí demuestra que la presión migratoria alrededor de Ceuta puede adquirir una dimensión estratégica en las relaciones hispano-marroquíes.
Y el momento elegido en 2026 no puede ignorarse. España había mantenido una posición contraria a participar militarmente en la guerra contra Irán y había rechazado el uso de determinadas bases españolas para operaciones relacionadas con el conflicto. La presión de Washington sobre Madrid se intensificó. La crisis de Ceuta llegó en ese contexto internacional especialmente sensible.
Esto no demuestra que Marruecos actuara por encargo de Washington o de Israel. Tampoco demuestra que alguien ordenara a Rabat provocar una crisis migratoria. Existe, sin embargo, una hipótesis más sutil y más difícil de descartar: la convergencia estratégica. Marruecos podía tener intereses propios en demostrar a España y a la Unión Europea hasta qué punto su cooperación migratoria resulta indispensable, mientras una mayor presión sobre Madrid podía coincidir simultáneamente con los intereses de Washington y de Israel. Para que existiera convergencia no sería necesaria una orden formal.
La crisis produjo además una consecuencia política tangible. Tras el episodio, desde las instituciones europeas se planteó la necesidad de reforzar la capacidad de presión sobre Marruecos y de utilizar instrumentos como visados y comercio para garantizar una cooperación migratoria más sólida. Es decir, cualquiera que hubiera sido la intención inicial de Rabat, la crisis demostró en la práctica el valor estratégico de su posición geográfica y de su capacidad para influir sobre los flujos migratorios hacia Europa.
Rabat ha rechazado la idea de que relajara los controles y ha atribuido el episodio a las redes de tráfico, las redes sociales y la explotación de una resolución judicial española. Esa versión debe ser recogida. Pero también debe ser sometida a la misma pregunta que cualquier otra explicación: ¿es compatible con la secuencia de acontecimientos y con las capacidades que Marruecos ha demostrado?
Tampoco debemos convertir las redes sociales en una fuente de pruebas por sí mismas. Durante la crisis circularon vídeos falsos, antiguos o descontextualizados. En una investigación seria, cada publicación, cada supuesto bloqueo de canales, cada detención y cada aviso previo debe verificarse independientemente. Una investigación sobre desinformación no puede construirse sobre información que no haya sido comprobada.
Pero la prudencia no debe convertirse en parálisis. Si un Estado demuestra repetidamente que puede detectar y contener movimientos migratorios, y si una movilización de dimensiones excepcionales se desarrolla junto a ese mismo dispositivo de seguridad, la pregunta cambia. Ya no se trata simplemente de preguntar: “¿Puede demostrarse que Marruecos abrió la frontera?”. La pregunta más importante es: “¿Puede explicarse satisfactoriamente por qué la capacidad preventiva demostrada por Marruecos no produjo el resultado preventivo que cabría esperar?”
Esa es la diferencia entre una acusación y una investigación.
A día de hoy, la evidencia disponible no permite afirmar que Marruecos organizara la entrada masiva en Ceuta ni que actuara como instrumento de Estados Unidos o de Israel. Pero sí permite ir más lejos que la explicación de un simple “fallo”. Existe una hipótesis razonable de tolerancia tácita o de no intervención selectiva durante la fase inicial. Determinar si esa tolerancia fue deliberada, fruto de un cálculo político, consecuencia de una mala valoración operativa o simplemente una respuesta oportunista ante una crisis espontánea sigue siendo la cuestión central.
Por eso, la investigación debe reconstruir los puntos de decisión, no limitarse a reproducir declaraciones políticas: la primera alerta de inteligencia; el primer despliegue marroquí; las primeras detenciones; las primeras interceptaciones marítimas; la primera orden de refuerzo; el momento exacto en que la contención se volvió eficaz; y las conversaciones diplomáticas posteriores. Si esa secuencia revela conocimiento, capacidad, oportunidad, no intervención selectiva, coincidencia temporal estratégica y un beneficio previsible, entonces “tolerancia tácita” dejará de ser una expresión provocadora y se convertirá en una conclusión analítica razonada.
Ceuta puede terminar demostrando que fue una crisis migratoria espontánea. Puede revelar una movilización acelerada por redes sociales y explotada por organizaciones criminales. Puede incluso demostrar un auténtico fallo de inteligencia. Pero también puede revelar algo más deliberado: la capacidad de un Estado para ejercer presión sin disparar un solo tiro, sin formular una amenaza explícita y sin asumir públicamente la responsabilidad por el resultado.
“Cuando un Estado tiene capacidad para prevenir una crisis, observa cómo se desarrolla y, sin embargo, permite que adquiera peso estratégico antes de intervenir, la ausencia de una orden escrita no pone fin a la investigación. La inicia.”
