El fin de la inocencia monetaria: por qué el Sur Global busca alternativas al dólar

Hay una escena que se repite en Yakarta, Buenos Aires, Accra o Islamabad. Un ministro de Finanzas abre una mañana los mercados y descubre que la Reserva Federal ha cambiado el precio del dinero. Su país no ha hecho nada especialmente mal. Pero el dólar se fortalece, su moneda pierde valor, la deuda denominada en dólares se encarece y las importaciones que necesita pagar en esa moneda cuestan más. No es una conspiración. Es la consecuencia de un sistema monetario internacional construido alrededor de una moneda que el resto del mundo necesita, pero cuya política monetaria decide otro país. Durante décadas, esa arquitectura pareció natural. El dólar era simplemente el dólar: la moneda de las reservas, del comercio, de los mercados financieros y de buena parte de las transacciones internacionales. Después de febrero de 2022, esa neutralidad empezó a parecer mucho menos neutral. Tras la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados adoptaron medidas que impidieron al Banco Central ruso utilizar una parte sustancial de sus reservas internacionales. Los países occidentales también acordaron retirar determinados bancos rusos de SWIFT. La cifra que quedó grabada en las cancillerías fue de aproximadamente 300.000 millones de dólares en reservas rusas inmovilizadas. Conviene ser preciso: no fueron simplemente “300.000 millones confiscados”. Fueron activos inmovilizados, es decir, reservas cuyo uso quedó bloqueado. La diferencia jurídica importa. La lección geopolítica también. Para muchos países que observaban desde fuera del conflicto, la cuestión dejó de ser exclusivamente cuánto dinero debo mantener en dólares y pasó a ser hasta qué punto puedo depender de una infraestructura financiera sobre la que no tengo control político. No significa que todos esos países quieran abandonar el dólar. Significa algo más sencillo y quizá más importante: quieren tener alternativas. El dólar sigue siendo el rey. Aquí conviene desmontar una exageración frecuente. La desdolarización no significa que el dólar esté desapareciendo. Todo lo contrario. Según los últimos datos del FMI, el dólar representaba el 57,13% de las reservas oficiales de divisas identificadas en el primer trimestre de 2026. El euro ocupaba el segundo lugar, con alrededor del 20%, mientras que el renminbi chino representaba apenas el 1,99%. La participación del dólar llegó a situarse en torno al 71% de las reservas a finales de los años noventa. La conclusión razonable no es que el dólar esté perdiendo su posición dominante de forma irreversible. Es que su dominio ya no puede darse por sentado. Y esa diferencia importa. China está construyendo su propio carril. En marzo de 2023, el renminbi superó por primera vez al dólar como moneda utilizada en las transacciones transfronterizas de China: aproximadamente 48,4% frente al 46,7% del dólar, según cálculos de Reuters a partir de datos oficiales chinos. Pero aquí aparece una distinción fundamental. Eso no significa que el yuan haya superado al dólar en el mundo. En los pagos internacionales registrados por SWIFT, el renminbi seguía representando solamente el 2,73% del valor de los pagos globales en diciembre de 2025. La distancia continúa siendo enorme. Lo que está haciendo China no es destronar al dólar mañana por la mañana. Está construyendo un segundo carril. Y en geopolítica financiera, disponer de un segundo carril puede ser tan importante como conseguir que circulen más vehículos por él. La batalla no es sólo por la moneda. Aquí está quizá la parte más interesante del debate. Durante años hemos hablado de la desdolarización como si consistiera exclusivamente en sustituir dólares por yuanes, euros, rupias o rublos. Pero el problema es más profundo. También se trata de quién controla los raíles por los que circula el dinero. Los pagos internacionales dependen de redes de mensajería, bancos corresponsales, sistemas de liquidación, cámaras de compensación, liquidez en divisas y marcos jurídicos. Por eso SWIFT importa. Y por eso también importan los nuevos sistemas de pago. Pero hay que evitar otra exageración: SWIFT no es el sistema financiero mundial entero. Es una pieza esencial de la infraestructura de mensajería financiera, no una moneda ni un banco central mundial. La pregunta estratégica es, por tanto, si un país puede comerciar internacionalmente si pierde acceso a determinadas infraestructuras dominadas por Occidente. La respuesta es cada vez más claramente sí, aunque con costes y limitaciones importantes. Y cuanto más numerosas sean las alternativas, menor será la capacidad de una sola infraestructura para convertirse en un cuello de botella universal. El experimento de las monedas digitales. Aquí entra en escena la parte tecnológica. En 2024, el Atlantic Council contabilizaba 134 países y uniones monetarias, equivalentes al 98% del PIB mundial, que estaban explorando monedas digitales de banco central. En mayo de 2026 la cifra había aumentado a 146 países y uniones monetarias. China está desarrollando el e-CNY. India trabaja con la rupia digital. Brasil desarrolla Drex. Y existen proyectos específicamente destinados a facilitar pagos transfronterizos. Uno de los más conocidos fue mBridge, desarrollado por el BIS Innovation Hub junto con los bancos centrales de China, Hong Kong, Tailandia y Emiratos Árabes Unidos, con Arabia Saudí incorporándose como participante pleno en 2024. El proyecto llegó a la fase de producto mínimo viable y fue diseñado para permitir pagos y liquidaciones transfronterizas mediante múltiples monedas digitales de bancos centrales. Ya se habían realizado operaciones de valor real durante su fase piloto. Pero aquí también conviene corregir una interpretación frecuente. El BIS no abandonó mBridge porque el proyecto resultara políticamente incómodo. En 2024, el propio BIS explicó que había llegado el momento de transferir el proyecto a los bancos centrales participantes. El banco centralizador de Basilea consideró que el proyecto había alcanzado una madurez suficiente para continuar bajo sus socios. La tecnología puede convertirse en infraestructura geopolítica sin que necesariamente haya nacido como un proyecto diseñado para desafiar a Occidente. ¿Qué significa todo esto para España? Aquí debería empezar la preocupación española. España no necesita elegir entre Washington y Pekín. Necesita evitar depender excesivamente de cualquiera de los dos. Para Europa, la verdadera cuestión no es si el dólar desaparecerá. No lo hará en el futuro previsible. La cuestión es si el euro será capaz de desempeñar un papel proporcional al tamaño económico de Europa en un sistema monetario cada vez más fragmentado. Eso exige algo más que discursos sobre “autonomía estratégica”. Europa necesita mercados de capitales más profundos, mayor integración financiera, sistemas europeos de pagos robustos, una posición internacional más fuerte del euro, capacidad tecnológica propia y mecanismos que reduzcan vulnerabilidades frente a interrupciones externas. Porque un mundo con varias infraestructuras financieras puede ser más resistente. Pero también puede ser más peligroso. Un sistema con distintas monedas, distintos sistemas de pago, distintas normas, distintos centros de poder y quizá distintas versiones de la realidad económica no es necesariamente más libre. Puede ser simplemente más multipolar. Y la multipolaridad, por sí sola, no garantiza ni libertad ni prosperidad. El mundo que viene no será necesariamente menos político. Ésta es la paradoja. El Sur Global no está construyendo necesariamente un mundo sin hegemonías. Está intentando construir un mundo en el que haya más de una opción. Eso puede reducir la vulnerabilidad frente a las sanciones, mejorar la capacidad de negociación y permitir que algunos países comercien sin depender permanentemente de los canales financieros occidentales. Pero también puede producir un sistema dividido en bloques. Un sistema con varias monedas, distintas infraestructuras financieras y diferentes centros de poder. Eso no es necesariamente más libre. Puede ser simplemente más fragmentado. Por eso quizá estamos haciendo la pregunta equivocada cuando preguntamos cuándo caerá el dólar. La pregunta más interesante es cuándo dejará el resto del mundo de necesitar al dólar para absolutamente todo. La respuesta todavía está lejos. El dólar continúa siendo la principal moneda de reserva mundial. Los mercados estadounidenses siguen ofreciendo una profundidad, liquidez y escala que ningún competidor ha igualado. Y el renminbi todavía está muy lejos de ocupar una posición equivalente. Pero algo sí ha cambiado. Después de 2022, muchos gobiernos descubrieron que las reservas internacionales no son solamente una cuestión contable. Los sistemas de pago no son únicamente tecnología. Y una moneda internacional no es políticamente neutral. El dólar no ha perdido su trono. Pero ya no es el único trono que otros países imaginan. Y quizá ésa sea la verdadera historia de la desdolarización: no el final de la era del dólar, sino el final de la idea de que no existe alternativa.

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