Columna
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"El último cajero automátco y el fin de la charla en la plaza"
A sus setenta y dos años, Manuel no entiende muy bien qué es eso de la inteligencia artificial de la que tanto hablan en la televisión, pero sabe perfectamente lo que significa quedarse fuera del sistema. Vive en un pequeño pueblo de la provincia de Zamora que apenas supera los doscientos habitantes. Hace seis meses, la única sucursal bancaria de la comarca echó el cierre definitivo, dejando en su lugar un cajero automático que la mitad de las veces está fuera de servicio o se queda sin efectivo el fin de semana. "Ahora para sacar la pensión o pagar un recibo tengo que esperar a que mi nieto baje de la capital o pedirle el favor al panadero", comenta resignado mientras se toma un café en el único bar que queda abierto.
La historia de Manuel es el reverso de la moneda de esa España hiperconectada y puntera en digitalización que se vende en los despachos oficiales. Mientras las grandes capitales debaten sobre la automatización del empleo, los algoritmos y la optimización de procesos mediante IA, una parte silenciosa del país sufre el impacto de una desconexión total. El fin de las oficinas físicas y la obsesión por erradicar el dinero en efectivo están desmantelando el último cordón umbilical que unía a la España rural con la modernidad. El problema no es la tecnología en sí, sino la velocidad con la que se impone, arrasando con los canales humanos sin dejar una alternativa viable para quienes no nacieron con una pantalla bajo el brazo.
Esta paradoja tecnológica convive, además, con un mercado laboral desconcertante. Las empresas de servicios y las tecnológicas aseguran que no encuentran perfiles cualificados para cubrir puestos de desarrollo y gestión digital, mientras miles de jóvenes en las ciudades se encadenan a contratos temporales en la hostelería o el reparto a domicilio. Hay una desconexión evidente entre las necesidades de un mundo que se automatiza a pasos agigantados y un sistema educativo que sigue formando para la realidad de hace dos décadas.
Al final, la digitalización forzosa está cambiando algo más profundo que la forma de gestionar el dinero o buscar trabajo: está cambiando la forma de relacionarnos. En los pueblos y en los barrios periféricos, ir al banco, a la oficina de correos o a la tienda de la esquina no era solo un trámite administrativo; era un acto social, una excusa para salir de casa y cruzar cuatro palabras con un vecino. Al sustituir la ventanilla por una aplicación móvil o un bot de respuestas automáticas, no solo estamos ganando en eficiencia. También estamos aislando a los más vulnerables y convirtiendo el día a día en un proceso frío, eficiente y terriblemente solitario.
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