Columna
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"Del mapa a la pantalla: la gentrificación exprés que imponen las plataformas de 'streaming'"
Para los vecinos de Trujillo, una joya monumental de Cáceres que apenas roza los nueve mil habitantes, la palabra acción ya no evoca una abstracta inversión económica, sino el cierre perimetral de su plaza mayor durante tres semanas. El año pasado, las calles empedradas de esta localidad extremeña se transformaron en el escenario de una costosa producción de fantasía medieval para una conocida plataforma estadounidense. El dinero fluyó rápido: hoteles llenos en temporada baja, figurantes locales cobrando a sesenta euros el día y carpinteros del pueblo trabajando a destajo para levantar torreones de corcho de alta densidad. Sin embargo, doce meses después de que las cámaras se apagaran, la resaca del foco empieza a mostrar su peor cara.
El fenómeno del "turismo de pantalla" ha dejado de ser una anécdota de cinéfilos para convertirse en una agresiva estrategia de desarrollo local en la España de interior. Localidades de la meseta, pueblos costeros de Castellón o rincones áridos de las Islas Canarias compiten ferozmente por atraer los rodajes de Netflix, HBO o Amazon Prime, vendiendo sus paisajes como lienzos baratos y desgravables. Las administraciones públicas celebran estos contratos como el bálsamo definitivo contra la despoblación rural, pero la realidad en el terreno es mucho más compleja. Este bum está importando a los entornos rurales un virus netamente urbano: la gentrificación exprés.
En municipios pequeños, el desembarco de equipos de producción de doscientas personas tensiona un mercado de la vivienda que ya era frágil de por sí. Los pocos pisos disponibles para alquiler de larga duración —esos que necesitaban el médico del centro de salud, el profesor interino del instituto o los jóvenes que querían emanciparse en su tierra— se retiran de la noche a la mañana para ser arrendados por semanas a precios prohibitivos para la economía local. En Peñíscola o en ciertos pueblos de la Axarquía malagueña, el coste de la vivienda se ha encarecido un treinta por ciento tras el paso de grandes rodajes. El pueblo no se llena de nuevos habitantes; se llena de nómadas de la producción y de turistas que solo buscan hacerse un selfie exactamente en el mismo ángulo que vieron en su televisión.
El riesgo real de este modelo es la pérdida de la identidad que hacía atractivos a estos lugares en primer lugar. Cuando una plaza histórica deja de ser el espacio donde los mayores se sientan a la sombra y los niños juegan al balón, para convertirse de forma intermitente en un plató restringido o en una sucesión de tiendas de recuerdos temáticos, el tejido social se rompe. España no puede permitir que la legítima búsqueda de ingresos en la economía rural transforme nuestros pueblos en meros decorados intercambiables al servicio de un algoritmo de entretenimiento. Al final, cuando la moda pase y las productoras busquen un nuevo destino fiscalmente más verde, los vecinos se quedarán solos en una plaza muy bonita, pero donde ya no quedará nadie que pueda permitirse vivir.
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