Editorial
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"El ruido del hemiciclo y el cansancio de la calle"
Ninguna coreografía partidista ni ningún exceso de indignación impostada pueden ocultar ya el profundo agotamiento que se ha instalado en la sociedad española. Las masivas protestas que este fin de semana han vuelto a llenar las plazas de Madrid no son un simple ejercicio de disidencia rutinaria; son el síntoma inequívoco de una quiebra estructural en la forma de hacer política. Tras meses de un bombardeo incesante de escándalos de corrupción, investigaciones judiciales que salpican tanto a antiguos liderazgos como al entorno de la actual administración, la gestión real del país se ha congelado. Las instituciones del Estado están siendo utilizadas por la propia clase política no como herramientas de gobierno, sino como las trincheras de un juzgado hostil.
La tragedia de este clima de hiperpolarización es su absoluta desconexión de la realidad cotidiana. Mientras los portavoces de los partidos se esmeran en diseñar insultos vitriólicos pensados exclusivamente para convertirse en vídeos virales de redes sociales, los problemas reales de los ciudadanos quedan relegados a un segundo plano. La vivienda inasumible, las listas de espera en la sanidad pública y la incertidumbre laboral de los jóvenes no entienden de argumentarios de partido. Esta estrategia de destrucción personal sistemática y guerra judicial permanente es un acto de desesperación táctica. Cuando gobernar se reduce a un juego de supervivencia donde el único objetivo es aniquilar al rival al precio que sea, el contrato social se agrieta. Spain necesita con urgência que sus líderes salgan de su cámara de eco y recuerden que su primer deber es gestionar el Boletín Oficial del Estado, no alimentar el espectáculo de la crispación
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